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septiembre 22, 2011

Dos historias con actitud

¿Alguna vez te ha ocurrido que algo que sucede en la calle te hace cambiar el humor?

Como cuando sales de la casa al trabajo, y en la cola apenas el semáforo se pone en verde alguien comienza a tocar la corneta como un degenerado... (por supuesto, ese que está tocando con tanto ahínco está como en el puesto 35 y ni aunque su carro tuviera alitas resortes - mi esposo me corrigió - como el Max 5 le daría tiempo de pasar).

O como cuando vas en el transporte público tratando de leer una revista y en eso sube algún chico escuchando música con su celular a todo volúmen (y, para colmo, está escuchando "La gasolina" o equivalente).

A mí me pasaban cosas así a diario cuando vivía en Venezuela (y muchas otras, que ni para qué acordarme) y la verdad es que me hacían perder los estribos.

Desde que estoy en Francia vivo esos episodios con mucha menos frecuencia, pero no estoy exenta de que de vez en cuando una situación fuera de mi control me saque de mis casillas.

Pero hoy... fue diferente.

Los adolescentes y la Mamá Cool


Esta tarde, camino al gym, me monté en el primer vagón del metro, el que tiene varios puestos en una esquina. Me senté en uno de esos puestos, y en los de al lado había dos chicos... si se puede decir "sentados". Más bien estaban "desparramados".

Como es común en mí, me empecé a molestar sola con la actitud de los chicos. La verdad es que no estaban haciendo nada malo, más allá de hablar con un volumen un poquito alto. Pero es que el hecho de que estuvieran sentados de esa manera, como queriendo ocupar más espacio del que les correspondía, me parecía completamente inadecuado. ¡Uno hasta tenía los pies puestos en el asiento del frente!

El metro llegó a la siguiente estación y se montó una señora de unos 45 años, pero con una pinta bastante juvenil. Anadaba con un chico como de 10 años que supongo que era su hijo.

Quedaban dos asientos libres, pero estaban llenos de periódicos arrugados (para mí estaba claro que los dos muchachos los habían echado allí de forma descuidada).

Los chicos se quedaron inmutables mientras que la señora pasó, verificó que los asientos no estaban sucios, recogió todos los periódicos y se sentó con su hijo.

Yo iba a reventar de la indignación... ¿cómo es posible que esos dos siguieran ocupando tanto espacio y con esas posturas tan relajadas viendo que alguien iba a ocupar los dos puestos que quedaban? Estos adolescentes.... ¡siempre tienen que andar de antisociales y rebeldes!

Me iba a hervir la sangre.... hasta que ocurrió lo que me hizo cambiar de perspectiva.

La señora, con una gran sonrisa en la cara, bromeó con los muchachos y les ofreció el periódico que ella misma acababa de recoger y arreglar.

No entendí bien la conversación, pero uno de los chicos tomó el periódico, y la señora siguió comentando algo con ellos por un ratito más, siempre muy jovial. La actitud de los chicos cambió radicalmente: hablaron de lo más amables con la señora y, luego de dos estaciones, se bajaron.

Durante todo el trayecto, la señora mantuvo una especie de sonrisa casi imperceptible. Simplemente se notaba que estaba de buen humor.

Yo pensé: "Qué bien por ese niño, tiene una mamá genial...".
Moraleja: Las situaciones son tan malas o tan buenas como tú mismo las hagas.

Un chico simplemente adorable


De regreso a casa luego de un entrenamiento asesino (I hate you Roman...), me volví a sentar en los mismos asientos, los de la esquina del vagón del metro.

El metro iba bastante lleno.

En una de las estaciones, se liberaron dos de los asientos. Entre la gente que estaba de pie, vi que se abrieron paso dos personas para sentarse en los asientos que recién se habían desocupado: un niño rubio como de 12 años, y una señora negra como de 50.

Se sentaron frente a mi asiento, se miraron, e intercambiaron una sonrisa de lo más amigable. Tanto, que hasta pensé que viajaban juntos.

Pero no era así. La señora se bajó unas estaciones antes que el niño.

Cuando el niño llegó a su estación, se levantó del asiento y comenzó a caminar hacia la puerta del vagón. Un señor que estaba a mi lado tuvo que recoger un poco sus piernas para que el niño pudiera pasar. El niño no tropezó al señor ni nada, pero igual se detuvo un segundo, volteó y le pidió disculpas al señor con una sonrisa en la cara.

Dió dos pasos más, pero había una chica que cargaba una caja más grande que ella, y le trancaba el paso al niño.

El niño se detuvo y esperó otros segundos a que la muchacha pudiera moverse un poco para darle paso.

Cuando pudo pasar, se detuvo, se volteó, y le dió las gracias a la muchacha, mirándola a la cara y con una sonrisa.

Todo esto ocurrió en los pocos segundos que las puertas del vagón permanecen abiertas mientras que el metro está detenido en la estación.

Esos pocos segundos en los que, normalmente, la gente se apretuja, se empuja y se desespera por salir.

Esos pocos segundos que, para este niño, fueron más que suficientes para detenerse a tener gestos de amabilidad con las personas con las que se cruzó en ese momento. Para detenerse a mirarles a la cara y regalarles una sonrisa. Algo tan sencillo que apenas toma fracciones de segundo pero que puede quedarse impregnado por toda una vida...

Esta vez pensé: "Qué buen trabajo ha hecho la madre de este chico...".
Moraleja: ¿Cuántas veces al día te detienes a regalarle una sonrisa a alguien? Cuando le das las gracias o le pides disculpas a alguien en la calle ¿le miras a la cara? Ser amable no cuesta energía ni quita tiempo, no te hará perder nada, y te hará ganar mucho a ti y a quienes interactúen contigo.

Y tú... ¿qué historia con actitud tienes para contar?


Yo quise compartir estas dos hoy porque me hicieron cambiar mis perspectivas. Me hicieron pensar que yo puedo sacar algo positivo de cualquier situación, en cualquier momento, sólo con proponérmelo. Que no debo juzgar, y que no gano nada molestándome con cosas que no puedo controlar.

Que una sonrisa vale mucho... realmente mucho.

¿Estás sonriendo en este momento?

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